viernes, octubre 06, 2006

La importancia de llamarse Ernesto...

(foto ©DCO2006)


El mensaje de hoy va dedicado a todos los que sienten la necesidad de justificar que son diferentes y sufren discriminación por ello. Aunque tarde, aprendo de los maestros, y doy las gracias por ello.

Muchos nos sentimos distintos, bien sea de forma continuada o durante periodos concretos de la vida. Ésta no va por nosotros. Hoy afilo la tecla por aquellas personas que se sienten diferentes y además consideran necesario justificarlo en público, como si su distinción requiriese del beneplácito de la mayoría estadística. Resulta peculiar que lo que para muchos resulta obvio y natural, para otros es sujeto de estudio, de comprensión y incluso supone un motivo discriminación. Me refiero a la "trascendente" orientanción sexual.

Nuestra sociedad acepta gran cantidad fluctuaciones estadísticas de las pautas de conducta poblacionales sin problema alguno: nadie discrimina a los que van en sandalias, enseñan el ombligo o se apodan Ernesto. Sin embargo, basta que uno sea de un color un poco más oscuro que la media, o le gusten los caracoles en vez de las ostras, para que tengamos el follón montado. Lo que se ve, es obvio y no se puede ocultar, y el portador del "estigma" visual no puede más que convivir con ello y apechugar. Sin embargo, las banderas del espíritu son más sutiles, y al que las enarbola de manera natural se le tilda, como poco, de activista, atreviéndose algún que otro cateto hasta a utilizarlo como un insulto...

Ayer asistí a un hecho peculiar. Un amigo homosexual quiso hablar de sus preferencias a unos terceros. Ésta debiera ser una una faceta absolutamente irrelevante para la bidireccionalidad de una amistad, pero desgraciadamente los tiempos que vivimos aún distan mucho de lo perfecto. Por ello optó primero por utilizar la sutileza, y no le entendieron. Después un eufemismo, y tampoco tuvo éxito. Siguió con algo más explícito, aunque sin pronunciar la palabreja que hace que muchos se vuelvan en un restaurante, y ya pensó que todo estaba claro. ¡Naranjas de la china! El que no quiere oír, no escucha, y su misterio quedó sin resolver. Un "me he enrrollado con varios tíos, por cierto, soy homosexual..." hubiese tenido que bastar, pero seguimos y seguiremos dándole importancia al hecho de llamarse Ernesto.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Esta si va por mí. Pues muchas gracias por la defensa.

El principe de las lobelias

Daniel dijo...

Al cesar lo que es del cesar. ¡Gracias a tí por haberme enseñado!